La vida transcurre en aparente calma en Guadalix. Sin embargo, la presencia reina en la casa es la incertidumbre. Nadie (ni dentro, ni fuera), sabe cuando acabará el viaje y aunque para unos (nosotros), el deseo es que se alargue sin que podamos adivinar el final en el horizonte, para otros (ellos), casi cuatro meses de aislamiento están haciendo mella, más que nada porque la cabeza se les dispara en miles de cábalas acerca de cuando y cómo concluirá todo.
Percibo un clima de unión ahí dentro (a pesar de puñales casi invisibles que vuelan a la mínima de cambio). Las ratas se han ido y dentro de esa casa, no duerme ahora mismo, nadie que pudiésemos calificar de vil o malvado, sólo cinco seres humanos, viviendo un sueño, con la lógica y natural ansiedad de llegar el primero a la meta.
Sin embargo, en estos momentos de laxitud y de una cierta proximidad física y emocional (aunque sólo sea por tapar las carencias afectivas y la soledad que se siente en esas circunstancias), no dejan de aparecer (de forma más o menos velada), todos los tics que han ido definiendo la vida de unos y otros dentro de ese laboratorio de almas y sentimientos que es este bendito invento.
El Pirata está triste (más de lo habitual) durante las horas del día. Pero por la noche, la vida vuelve a sus venas, como ese vampiro hambriento que ansía el manto oscuro y la compañía de las risas nocturnas. El sábado, su psicólogo habló con él y el gigante lo interpretó erróneamente, como un pasaje de ida hacia el exterior en esta misma semana que ahora comienza. Desde fuera sabemos que eso no es cierto y muchos esperamos con ansia la llegada del miércoles, para que se vea reforzado nuevamente al volver intacto de esa fatídica sala de expulsiones que separa la gloria del fracaso (desde un punto de vista monetario exclusivamente, puesto que el Príncipe, aún no sabe que lleva los bolsillos cargados de cariño y corazones que han latido junto al suyo y que le apoyarán hasta que las luces de la casa se apaguen y él abandone el último el "edificio").
Su relación con Chiqui es cada día más sólida. Todo momento es bueno para los más sinceros y espontáneos gestos de cariño. Un sofá, un abrazo, una broma, un remojón y un cubo de agua que vuela entre risas y carcajadas de hermandad pura y cariño sin dobleces (en muchos de los momentos de bromas, también está presente Orlando, justo es reconocerlo). Es casi mágico observar como una y otro se buscan a cada momento (casi con necesidad y hambre de calor), preguntando a los demás, dónde se encuentra su "otra mitad" cada vez (perdón "ved", como dice mi garrulo y triste suplantador) que pasan unos breves instantes alejados.
El último detalle (hermoso) de esta maravillosa amistad, se vivió en la tarde del sábado, mientras el Pirata planchaba su ropa y la Cría le hacía la maleta con un cariño y una ternura, sólo posible entre dos seres humanos que no necesitan de palabras para lamerse el alma. Muchos (los de siempre), interpretaron tan dulce gesto como la escena entre un marqués y su chacha (pobres y tristes seres vacíos), sin reparar en el cariño mudo que la escena provocaba entre quienes la mirábamos con los ojos del corazón y los recuerdos de la vivencia personal (la madre, la hermana mayor o la pareja que, con todo el cariño, dobla las camisas del pobre "inútil" que no sabe ni hacerse bien la maleta; después de 40 años casados, siempre es mi madre la que prepara la maleta de mi padre antes de cada viaje). Observando desde mi casa ese pedazo de vida cotidiana (o a ambos, ayer tarde, haciendo juntos unas torrijas), sigo sin entender la mezquindad humana capaz de intentar transformar en su retorcido cerebro, el cariño puro en crítica mal intencionada y ruín.
GH10 son el Pirata y la cría (la relación más hermosa y sincera forjada entre esas paredes desde que el programa existe). Y quién a estas alturas de la película no haya sido capaz de comprenderlo, quizás haría mejor en cambiar de canal, o dedicarse a la contemplación de las rocas y los minerales, porque quizás la vida y las emociones les queden demasiado alejadas de sus intereses personales.
Y las otras tres personas de esa casa, se muestran también cada vez más transparentes (a su pesar), sin poder ya esconderse entre la muchedumbre que hasta ahora ocultaba en ocasiones muchos de sus juegos soterrados.
El Gato encerrado










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