Mi Pirata, mi Píncipe, mi Gigante... mi Rey... llorando como un niño. Mi Cría derramando con él lágrimas imposibles de contener. Mi Mercedes (siempre hermosa), dejándose el alma en este derroche de vida, imposible de concebir sin su presencia. Mi Gato y mi Princesa Vicky, pertrechados de forma anónima entre las gradas llenas de público. Mi Elle (la primera en soñar con esto) y ese maño loco que (por un azar del destino obró el milagro), flotando en el aire.

Y mi Pelusilla, (esa niña de trenzas imposibles, llena de dulzura, ternura, coraje, sensibilidad y sueños, la que un día creyó en las hadas y en los cuentos de príncipes con final feliz y fundó una plataforma, durante el recreo, mientras otros no sabíamos siquiera a qué jugar, sin llegar a imaginar jamás que algún día se convertiría en lo que ahora es), llenándolo todo con su presencia invisible y poderosa, abrazada a más de 1.600 piratas que una vez se conjuraron para llegar unidos hasta la Ciudad Esmeralda, felices de haber descubierto el mundo de Oz entre las paredes de una casa de la sierra.

Hay momentos (segundos, casi breves minutos arrancados al tiempo), en los que desearía quedarme a vivir para siempre, protegido de todo, a salvo de monstruos y miedos, ajeno a todo tipo de dolor. Son esos instantes en los que sientes que tu cuerpo no pesa, porque simplemente has olvidado que lo tienes, mientras vuelas por encima de las nubes, como un pájaro errante que ha encontrado un lugar en el que ser feliz. Supongo que así debe ser el paraíso, una especie de estado mental de total felicidad, en el que todo lo que has soñado desfila antes tus ojos y se hace carne física, para que puedas alargar tus dedos y tocarlo aunque sea sólo unos pocos segundos antes de que se desvanezca.

Todo eso y mucho más (igual de imposible de definir con toscas palabras y vanas pajas mentales), es lo que nos ha regalado Iván Madrazo durante cuatro meses, desde los lejanos días en lo que nos fijamos en él (fuimos nosotros los primeros, aunque carezca de importancia ya), hasta el instante en que, atravesando una pared de papel, llegó a la gloria y se convirtió en leyenda.

Todo esto puede parecer una exageración para muchos, mera palabrería y fuego de artificio con la única intención de tejer arabescos vacíos en forma de palabras. Leyenda, príncipe, rey, pirata... sarta de sandeces dirán muchos.

Y yo les diría: volved a vuestro mundo racional de piedras y acero, en el que los sueños sólo sirven para los niños y en el que os habéis negado hace mucho la capacidad de emocionaros con algo tan simple y tan hermoso como la sonrisa franca de un desconocido. Puede que toda mi palabrería suena barata y afectada, tal vez resulte una pobre payasada incapaz de transmitir todo lo que siento. Pero cada gota de mi alma está en mis palabras, toda mi verdad está encerrada en estas letras y en las que día a día he dejado impresas (con mayor o menor acierto) sobre un papel en blanco. Iván Madrazo me ha dado la vida durante más de cien días (junto con esa cría de tacones amarillos que ahora sueña con ser portada de Interviú), he soñado, llorado, reído y surcado los mares a su lado, embarcado en el que quizás haya sido el mayor sueño de mi vida (y quizás el único que he visto cumplido por completo, sin el más mínimo pero). He mal dormido viéndole, derrotado cada día y vencido por el cansancio, sin poder apagar la pantalla que le ha acercado a mí, convertido en mi obsesión enfermiza, sin posibilidad ni apetencia de buscar el más mínimo sustituto que lo arrancase (aunque fuera durante unos breves instantes) de mi pensamiento. Y he traspasado la medianoche, tratando de dar formas a las palabras que él (y Chiqui) me han regalado con total e inconsciente generosidad a lo largo del camino, dándome lo más hermoso que un ser humando puede dar a otro: un trozo de sus vidas.

Y ahora estoy seco. Sin más ideas en mi cabeza. Con toda la cruel lógica del mundo (por cierto), porque todos mis cuentos, mis historias, mis pequeñas y casi pueriles palabras, han existido solo por y para ellos.

Nunca he sabido inventar de la nada, enfrentarme al papel en blanco y crear algo que surja de mi imaginación. Siempre he necesitado vampirizar y absorber la energía vital de otros, como un voyeur que espía desde las sombras, sediento de la vida con la que otros nutrían mis palabras.

En estos cuatro meses, todos los habitantes de esa casa (sin excepción), han sido mi alimento. Unas veces me han hecho odiar, otras sentir el más inmenso de los desprecios. Pero siempre he vivido de la energía de aquellos que me han removido las entrañas de una u otra forma. A todos ellos les debo mis palabras, mis puñales y mis caricias, mi miel y mi veneno.

Pero a esa cría llena de magia, de lágrimas francas y sinceras y (sobre todo), a ese Pirata que me ha robado el corazón, les debo toda la felicidad que he sentido en estos cuatro meses (que siempre recordaré como los más especiales de mi vida).

Y ellos (que lo sepan de una vez sin más historias, si es que en algún momento llegaran a leer esto), no me deben absolutamente nada ni a mí ni a nadie (espero que lo sepan y no lo olviden jamás).

Sé que dentro de unos pocos meses esa casa volverá a llenarse de vida. Otros seres buscarán la gloria entre esas paredes y se embarcaran en una aventura incierta que volverá a atraparme una vez más. Y sé que me emocionaré con alguno de ellos y trataré de dejar mi corazón en mis palabras una vez más (sin mérito alguno, no sé escribir de otra forma). Pero también sé (con esa claridad con la que se saben ciertas cosas que nacen de muy adentro), que jamás nadie volverá a hacerme sentir todo lo que me ha hecho sentir Iván Madrazo, Pirata canalla y llorón, con su loro en el hombro y su cría de la mano, entrando en el enésimo bucle de su charla infatigable y seductora.

Nunca habrá nadie como tú, hermoso Príncipe. Tú has sido todo y sin ti, sólo hay sombras y actores que jamás volverán a revolverme el alma como tú lo has hecho.

Cuando el sábado por la noche, después de que una corte de mercaderes harapientos consiguieran arrancarle al Príncipe lágrimas de sangre, mostrándole un obsceno (y totalmente fuera de lugar) video que no sé aún como tuvieron la indecencia de enseñarle (tonto de mí, aún pensaba que les quedaba un gramo de decoro), la persona que estaba a mi lado (que ha sido mis ojos y mis oídos durante largas horas del 24h), me dijo: "No nos hemos equivocado con él". Y yo, le respondí sin pensarlo "Lo sé, jamás he dudado de eso".

Pero ahora la fiesta ha terminado y esta vez (contradiciendo a Leonard Cohen) "los buenos ganaron". Y lo que queda a partir de este momento son los mercaderes que intentarán subir un punto de share a su costa (en vomitivos programas como el del sábado), sanguijuelas que tratarán de sacarle todo lo posible e incluso fans enloquecidos que se piensen (equivocadamente) que el Pirata les debe algo.

Y esa no es mi guerra. Yo sólo he luchado por los sueños.

Así que hago mutis por el foro y me despido aquí (aunque espero volver en unos días pero no en esta semana, puesto que tengo temas laborales que ya no puedo posponer), esperando que mi despedida suene a un "hasta luego", porque (si dios quiere), estaré aquí para GH11 (el comienzo de una nueva era).

Te deseo, Pirata, que sepas navegar en aguas turbias (no por miedo a que cambies, eso sé que jamás lo harás, si no por el temor de que alguien pueda hacerte daño), que tu amistad con la Cría no se rompa nunca y que encuentres en tu vida, aunque sólo sea una décima parte de toda la felicidad que a nosotros nos has dado. Te aseguro que con eso, serás el hombre más afortunado del mundo.

Y creo que toca el momento de una pequeña reflexión final y de los agradecimientos.

Cuando allá por mediados de año, mi amigo Gato me dió la noticia de que se trasladaba a este hotel de cinco estrellas, sentí una inmensa alegría por él (quizás ha sido la mayor alegría que jamás había sentido por el éxito de otro ser humano), pero también sentí mucho temor por todo lo que estar en una casa tan grande podía conllevar (no a nivel de independencia; siempre supe con toda la certeza del mundo que mi Gato nunca trabajaría "al dictado" de nadie). Hoy a cuatro días de haber finalizado todo, confieso que todos mis temores fueron una tontería sin el más mínimo fundamento. Hemos sido muchos más que antaño, pero el calor y la sensación de hogar, ha sido aún mayor que nunca.

En cuanto a los agradecimientos, al igual que hice el año pasado, he decidido no nombrar a nadie, para así poder nombraros a todos. Mi cabeza me juega siempre malas pasadas y no me gustaría bajo ningún concepto que, una simple cuestión de memoria fuese interpretada por nadie como una falta de cariño. A todos los que en alguna ocasión me he referido y a todos aquellos que por falta de tiempo no he podido hacerlo, os doy las gracias de todo corazón y uno por uno. No os nombro, pero sabed que a cada uno de vosotros, os llevo en el corazón (y no es ni un tópico ni una frase hecha). A algunos me los llevo en el bolsillo (a alguno en el alma) y ya hemos abierto las "puertas", pero a todos (a todos) os tengo en el recuerdo.

Sólo (si me permitís) dos agradecimientos puntuales que ni puedo ni quiero dejar de hacer explícitos:

A mi Gato, por haberme permitido estar a su lado (siendo uno más) y por haber soportado todas mis neuras, paranoias y ataques de pánico (a parte de mi continuo bombardeo se sms y mails): tío, eres más que un amigo. Eres mi hermano.

Y a mi Mercedes Milá, a la que jamás podré devolver todo el cariño que me ha dado a lo largo de esta edición y que me hizo dos regalos que jamás podré pagarle. Uno, ya lo sabéis todos y el otro queda para mí (y muy pocos más lo saben). Sin ti, GH sería hace años un recuerdo, preciosa. Ojalá alguien algún día alguien pueda pagarte todo lo que por nosotros has hecho y haces cada día.

Y sin más, el payaso abandona el escenario. Con un sonrisa en la cara, que sólo trata de ocultar las lágrimas que a punto están de correr la blanca pintura con la que día a día se disfraza para ser más que nunca él mismo.

Sed todos inmensamente felices.