. Chiqui Boom Boom, la Cartagenera, Chiquitacones (como maravillosamente la llama Acrata), torbellino enfundado en sus imposibles vestidos, calzando esos mágicos zapatos amarillos (da igual que sea con albornoz o de gala), moviendo su culo inquieto por todas las estancias de la casa.
Guerrillera salvaje de boca sucia, la Cría, la hermana pequeña de ese Pirata tierno con el que forma una unión imposible de resquebrajar (por mucho que algunos se empeñen en buscarle tres pies al gato), dinamitera indómita, lágrima desbordada, niña tierna, bruja imposible, simplemente Almudena... siempre la recordaré bailando, subida en cualquier mesa, sintiéndose la reina del Coyote con todos los tíos buenos del universo babeando a sus pies.
Cuando dentro de unos años miré hacia atrás y los ojos se me humedezcan con la nostalgia de estos mágicos e irrepetibles momentos que ahora mismo vivo en mi piel, volverá a mi corazón la imagen de los dos, abrazados bajo una manta, cogidos de la mano o arrojándose cubos de agua entre risas salvajes y espontáneas.
Me es difícil (casi imposible), hablar de ella sin mentarle a él, porque juntos, los dos hermanos (dos mundos tan alejados en la teoría y tan próximos en la hermosa realidad), han protagonizado para mí, la más hermosa relación de amistad que han visto las paredes de esa casa a lo largo de diez ediciones. Una amistad basada exclusivamente en el cariño puro y sincero (desprovisto de artificios e intereses), una unión espiritual de dos seres que han aprendido a amarse, aceptando los defectos del otro, en un aroma de ternura y calidez humana que casi parecía imposible en este mundo frío en el que muchas veces todos somos unos desconocidos que se cruzan por la vida sin ni siquiera fijarse en quién pasa a nuestro lado. Ellos se han mirado a los ojos, cultivando poco a poco (casi de forma imperceptible) esa relación de cariño que me ha derretido en tantos momentos, regalándome algunas de las imágenes más hermosas (y divertidas) que recuerdo haber visto jamás a través de una pantalla de televisión.
No recuerdo ni un solo día de los últimos meses en los que no haya esbozado una sonrisa gracias a ellos o no haya sentido los ojos acuosos por alguno de sus momentos de ternura.
Pero me he propuesto hablar de ella (para el Pirata ya habrá tiempo) y aunque me resulte muy difícil mirarla y no encontrármelo a él a su lado (buscándose los dos a cada instante, preguntando el uno por el otro, en cuanto se sienten alejados más de diez minutos), he de intentarlo.
Chiqui ha sido la vida en esa casa, un torrente desbocado de fuerza, difícil de soportar en ocasiones, pero tan tierna y adorable que deberían dar dos premios este año para que la Cría pudiese vivir su sueño y verse coronada reina de la fiesta. Ha costado lo indecible verla en la final, salvando tres "bolas de partido" duras, contra las cuerdas en todas ellas (su boca y sus maneras, no resultan agradables para quienes sólo le dan importancia a las formas y se olvidan de que el valor de las personas no se mide por las buenas palabras), pero ahora que ya ha llegado casi a la meta, resulta de todo punto inconcebible imaginar que pudiese haber existido GH10 sin ella.
Almudena ha puesto el estruendo y la tormenta en las adormiladas paredes de la casa de la sierra, siempre brutal, dotada de una lengua que se lanza desbocada en cuanto siente que algo o alguien la provoca. Le han perdido las formas en ocasiones, su rematada cabezonería y su carácter arisco ajeno a cualquier tipo de reglas que no sean las suyas. Y sin embargo, todos esos defectos (o al menos, la forma directa y transparente de mostrarlos, sin fingir ser lo que no es), es lo que ha acabado robándome el corazón tras unos comienzos difíciles (en los que llegué a pensar que sólo era otra más de las prescindibles piezas que suelen poblar el juego).
Sin embargo, mi punto de no retorno con ella, esa invisible frontera que la hizo cruzar de la simpatía al cariño más absoluto, llegó en aquel momento mágico (tantas y tantas veces revisitado por mí), en el que en una sala repleta de globos, pronunció sin dudarlo el nombre de su "amor", rompiendo a llorar al instante por el amigo cuyo blanco pañuelo llevaba anudado a la muñeca. Esa imagen desnuda, de puro cariño, de fidelidad al corazón (en ambos casos), la elevó en mi particular Olimpo, a la categoría de Diosa sin paliativos (ni peros, por muchos pesares que pudiesen venir después).
Tras eso, ya nunca más dejó de regalarme pedazos de vida intemporales, lágrimas en el confe (mientras su boca y su alma proclamaba que Iván era su hermano mayor), abrazos fraternales de reencuentro después de cada viaje (de él o de ella) a la temida sala de expulsiones, bailes a los sones de los mariachis (junto al ser que más la quiere en este mundo, su madre) y conversaciones a media voz con esa Princesita (Gisela) a la que también siente como hermana.
Pero por encima de todos estos gestos de cariño que atesoro para siempre en mi corazón, Almudena me ha dado una de las lecciones de vida más grandes que jamás he podido recibir: me ha recordado el valor de la lucha y del coraje y me ha hecho darme cuenta de que (la mayoría de las veces), las montañas y las pruebas que parecen imposibles de superar, son sólo pequeños montoncitos de arena fácilmente conquistables sólo con creer en uno mismo. Sé positivamente (o al menos lo supongo, desde mi estúpida posición de sabelotodo), que la vida de esta cría no habrá sido un lecho de rosas y que probablemente esa coraza (en apariencia impenetrable e imposible de destruir), seguramente le habrá costado miles de lágrimas y pequeñas derrotas cotidianas, vestidas de la crueldad con la que los imbéciles miran (mientras murmuran) a todos aquellos que se apartan de los cánones de una supuesta normalidad (que en la mayoría de los casos sólo es una forma de unificar las miserias). Sin embargo, en este punto de su camino, quiero pensar que toda esa dureza y ese pisar fuerte por la vida, es una incuestionable realidad (y no un simple disfraz que te colocas para que nada pueda hacerte daño). Y así ha de ser, sin duda, puesto que esta mujer sin complejos ni pudores, me ha mostrado su alma en canal y a bocajarro, durante estos cuatro meses que he podido compartir con ella. Y nunca (jamás, ni por asomo) ha hecho el más mínimo intento de jugar y buscar una "misericordia" que ni necesita ni va con ella.
Si la estatura de las personas se midiese por el tamaño de su alma (como así debería de ser), Chiqui sería (es) una gigante en un mundo de pigmeos, una rara y hermosa flor salvaje en un mundo dominado por flores de plástico desprovistas de vida y carentes de magia y luz.
Y esa es la Cartagenera morena, la Cría de risa loca que ha formado parte de mi sueño (y del de muchos), hasta el punto de haber sufrido más por las dificultades que ella ha encontrado en el camino hasta aquí, que por las del propio Pirata (porque la luz del Príncipe enamora sin reservas, mientras que la suya a veces ha resultado más difícil de ver sin arañar la superficie). Pero mereció la pena borrar de un plumazo a Toros, Yayas y falsos devotos, para atisbar al final del camino la imagen que desde hace semanas no quiero borrar de mi cabeza: todas las luces apagadas y un solo foco iluminando el momento de gloria de dos "hermanos" asustados, cogidos de la mano, cuando ya todos los demás han abandonado el escenario.
Ya queda muy poco para que el sueño se haga realidad. Espero que esos "chapines" amarillos, muten sus tacones por alas y la lleven flotando (abrazada a él Pirata del loro cagón) hasta el final de la partida y que el nombre del ganador resulte inaudible (al menos durante un par de segundos) ahogado por el latido de sus dos corazones (y del mío latiendo al mismo compás desbocado que el de ellos).
Buenos días a todos, no dejemos que se apague la magia y hagamos que continúe corriendo el ron y que las canciones de fiesta resuenen cada vez con más fuerza hasta los confines del universo.










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