Una “cría”, entra en una habitación llena de globos. Explota uno y en un papel escrito dentro del mismo, un mensaje le dice que tiene que salvar a una persona. Sin dudarlo dice “Orlando” y nada más acaba de salir la última de las letras de su boca, rompe a llorar desconsoladamente. En su muñeca, anudada, una bufanda blanca que le trae suerte. “De quién es ese bufanda” le pregunta una voz. “De Iván” contesta ella.
Otra escena. Tras un abrazo (baile) a los sones de un coro de mariachis, con las lágrimas secas en el rostro por haber sentido el abrazo del ser más querido, la cría entra en la habitación llena de gente. No le interesa ninguno de los que ve. Nerviosa aún, acelerada, no hay otra pregunta en sus labios: ¿Dónde está Iván? Entonces un gigante aparece. También busca a alguien. A ella. Se encuentran y ella le abraza, agarrándose con sus brazos al cuello del tipo de la nariz grande. Ambos sonríen, felices. Pura emoción que se les escapa en una risa franca y espontánea.
Una habitación. El confesionario. La cría balbucea y rompe a llorar nuevamente. El cariño se le escapa en lágrimas saladas. Llanto sincero, tan alejado de tantas comedias rancias. “Es que para mí, Iván es como mi hermano mayor”, dice entrecortada con los ojos rojos. Magia desnuda. Dan ganas de acariciar ese rostro a través de la pantalla y tratar de darle todo el calor necesario para reconfortarla.
Noche helada en la sierra. Dos amigos comparten la oscuridad, la luna y el calor del otro. “¿Te imaginas que tú, yo y Orlando llegásemos a la final?” dice ella. “Seguro que nos tumban a alguno antes”, contesta él, intentando bajarla de una nube. “Pero soñar no cuesta nada”, replica ella con ojillos tristes y tiernos.
3 de la mañana. Un teléfono suena. “¿Duermes? Mira la tele, mira a Almudena y a Iván”. Y alguien, medio dormido, roto y cansado, se asoma a la pantalla y ve al Pirata y a la Princesa, abrazados, tapados por una manta, con el brazo de él sobre los hombros de ella y la cabeza de la cría, triste y llorosa, apoyada en el pecho del otro. Y el “dormido” despierta y sonríe, mientras comprende que ciertas imágenes traspasan distancias y se te meten en el alma, quedándose allí para siempre. “No podemos dejar que la echen”, dice la voz. “No les dejaremos, te lo prometo”, contesta el otro.
Y aquí estoy ahora, intentando algo tan absurdo e innecesario como es tratar de defender la vida y las risas, frente a las sombras, el tedio y el silencio. Algo tan sencillo, que bastaría con plantear las siguientes preguntas, para que no hiciese falta decir nada más: Si estuvieses sólo esta Navidad ¿quién te gustaría que te hiciese compañía? ¿Te apetecería reír hasta el amanecer o acostarte temprano después de una aburrida velada? ¿Quieres dormirte feliz, en medio de risas borrachas o prefieres que el silencio de la noche sea tu único aliado?
Sin embargo todo es mucho más complejo y la decisión no puede limitarse a una sola noche. Pero bastan los recuerdos para inclinar la balanza y despejar esa ecuación que casi parece absurdo plantear.
Chiqui ha sido en esa casa, un torbellino de vida, tosco, rudo de boca sucia, pero tan arrollador e indomable que parece absurdo siquiera dudar de la necesidad absoluta de que toda su magia se mantenga viva hasta el último instante, hasta el momento exacto en que La Voz, proclame al ganador final. Hemos entrado en una guerra sucia, tan ridícula e inconsistente, en la que parece necesario (y a veces hasta el mayor de los pecados) tratar de defender la alegría, las risas y la “acción”, en un programa que (supuestamente), es de entretenimiento (por más que para muchos, entre los que me incluyo, sea mucho más que eso).
Almudena ha sido la risa y la diversión en cada fiesta, el baile y la farra, cómplice intencionada o accidental en las bromas del pirata, travesuras de cubitos de hielo, botellas de agua mojando las sábanas, gemelas virtuales y competencias entre dos galanes por una supuesta cena con la dama.
Ha sido también (para que negarlo), borde, impertinente, de lengua afilada y salvaje. Soez con los enemigos, nunca ha medido las palabras (ni siquiera las posibles consecuencias que pudiesen producir a su alrededor o al otro “lado”). Y eso (que para muchos es defecto y motivo de sentencia y condena), para este que escribe, es quizás otro aliciente más para seguir apoyándola. Quizás porque la verdad y la imprudencia espontánea, son los bienes más preciados para mí en un micro mundo tan falto de reacciones sinceras y reales.
Pero, por encima de todo, mi Chiqui, ha sido el refugio y la mitad del corazón de mi Príncipe. El abrazo cálido en medio de la soledad, la amiga que te escucha cuando nadie más quiere acercarse por temor a quedar marcado. Juntos han protagonizado la amistad más hermosa que se haya visto jamás en esa casa, basada en la sinceridad mutua, en la aceptación del otro, en la discusión sin complejos cuando los roces se han hecho presentes y en el abrazo sincero que sella la reconciliación. Se han querido después de haberse conocido en sus defectos y en sus virtudes, luces y sombras que ninguno ha tratado nunca de ocultar al otro. Se han fallado a veces y después han borrado los errores, como sólo los que se quieren con cariño real nacido del corazón, saben y pueden hacerlo.
Y han reído. Mucho. Con estruendosas carcajadas él y con esa peculiar y adorable risa de ratita presumida ella. Sobrios o borrachos, contándose historias de amores pasados y sueños y proyectos de futuro. La fiesta han sido ellos por encima de todo, a pesar de señoras antipáticas deseosas de convertir la casa en un coto privado, donde el toque de queda y la falsedad (disfrazada de buenas formas), fuese la moneda de uso común. Se han enfrentado a la Madame Castradora que se empeña día a día en convertir la casa en una especie de balneario de Pasadena, ejerciendo su despotismo discriminatorio contra todos aquellos que se han negado a bailarle el agua. Y aún así (y pese a lo que pueda parecer), ni siquiera Chiqui ha perdido los nervios como yo mismo lo hubiese hecho, si una señora (que mejor “estaría” en su casa desde hace meses) hubiese tratado de imponerme sus normas y convertirme en apestado por osar siquiera contradecirla en voz alta. Y al final, han conseguido dinamitar su reinado, ponerla en la picota y están a un paso de enviarla para su querida Donosti antes de que llegue la Navidad.
El Príncipe grande y patoso y la cría de los zapatos de colores (que a veces se me antojan adorable metáfora de aquellos “chapines rojos” con los que una tal Dorothy, recorría el camino de baldosas amarillas), alegres y cogidos de la mano, cruzaron hace mucho tiempo ya, ese puente invisible que separa el olvido, de la gloria de la memoria perenne, ángeles imperfectos en medio de una tierra yerma que sólo su presencia ha transformado en verde paraíso. Siguen viajando juntos, sin preocuparse de nada más que no sea vivir y beberse a borbotes (como si del licor más preciado se tratase) esta experiencia única y mágica que mucho se han empeñado siempre en vestir de mera falsedad y disfraz, pero que en ellos ha sido puro disfrute a pecho descubierto, sin importarles jamás el mañana.
Nunca se irán de esa casa sus risas. Quedarán incrustadas entre sus paredes, como ejemplo mágico de lo que siempre debió ser este gran juego de la vida: un sentido homenaje al ser humano que se muestra tal y como es y nos regala todo su ser desnudo por espacio de más de tres meses. Esa magia y esa verdad (que durante años, tantos han querido robarnos con trucos baratos), nos la han devuelto ellos casi sin proponérselo, desprovista de artificios, transparente, irónica, desbordante y tan necesaria y maravillosa, como una cerveza helada en una calurosa noche de verano.
Por eso, me niego a que sus caminos se separen ahora y a que sus manos no estén agarradas con cariño y nerviosismo cuando todos los demás hayan abandonado la escena y sólo queden ellos, brillando salvajes y temblorosos bajo los focos.
Ese ha sido siempre el final que he soñado para esta historia y aunque el camino cada vez sea más difícil y la senda más empinada, me niego a quedarme de brazos cruzados sin hacer todo lo posible para que se haga realidad.